Relato 1 - Real Politik
(Una chanza, un divertimento)
Las sesiones a hostia limpia
de los grupos parlamentarios derechistas empezaron como una broma llevada al
extremo que nadie se esforzó en parar porque nadie podía creer, en serio, que algo así pudiera llegar a
materializarse. El parlamento europeo es un limbo donde los partidos aparcan a
sus viejas glorias y una especie de pasantía para que los hijos de papá
aprendan a simular cierto ápice de carisma antes de saltar al ruedo de la
política nacional. La vanidad y el miedo al ridículo resultan consustanciales
en este tipo de gente y la pose de incredulidad generalizada se mantuvo hasta
segundos después de que un holandés democristiano con los dos ojos hinchados le
arrancara un pedazo de oreja a un obeso italiano de Liga Norte, justo antes de
derrumbarse en el suelo, a raíz del castigo que éste le infligió repetidamente
a la zona hepática con la rodilla, mientras lo arrinconaba contra la pared y le
sujetaba los brazos. Me gusta pensar que es así como el absurdo se cuela en la
realidad, a empellones.
Aquel mordisco fue el sangriento epílogo de
una confrontación de semanas a raíz de unos presupuestos que Italia necesitaba
para invertir en obra pública y que fue rechazada por los holandeses, que la
calificaron de “parche keynesiano”. Al final, los italianos tuvieron que
bajarse los pantalones ante la izquierda para combatir el paro y esto dejó
bastante afectado al compañero espagueti, que no dejó pasar ni una oportunidad
de descargar su frustración contra la pequeña camarilla de holandeses estirados,
exhibiendo sin pudor su inglés macarrónico por los pasillos del parlamento. No
haber encontrado otra respuesta que el silencio impasible y el mentón levantado
de aquellos rubios repeinados resultó ser demasiada afrenta para el romano colérico,
que, dicho sea de paso, hubiera agradecido la catarsis de una confrontación a
gritos, así pues, una bonita mañana de primavera, éste aprovechó el empeño del
holandés por no cruzar miradas con él para ponerle una zancadilla frente a su
despacho.
El abuso físico fue la chispa que encendió
el carácter del centrista neerlandés, el cual no supo reprimir la miríada de
improperios racistas y amenazas severas que la ira acumulada, luego de tantos
días de persecución, le había obligado a guardarse. He de decir que fui yo el
que sugirió saldar la afrenta con una “entrevista personal” en el sótano de un
bar sadomasoquista que conozco gracias a la crisis de los cuarenta. Mi voz se
alzó entre las voces monocordes que exigían sin convicción “moderación” y “respeto”
como una guitarra eléctrica en medio de un concierto de viento. Se hizo el
silencio porque nadie supo realmente qué decir. El olor de la sangre era tan
remoto y, sin embargo, tan atractivo como un gordo sangrando a quinientos
metros de la orilla para una camada de tiburones. Hablé con el dueño del bar y
les mandé la dirección a todos los del grupo. Nadie respondió a mi mensaje ni
me confirmó absolutamente nada, pero a la hora prevista todos estuvieron ahí.
Se
instauró entre nosotros algo que me gusta llamar “la política del estupor”. A
diferencia de los escándalos mundanos asociados a la prostitución de
adolescentes inmigrantes o el consumo esporádico de cocaína, meros chismes
turbios que hacían nuestra vida más placentera, aquella pelea violenta,
ejecutada con la nocturnidad de una secta, nos unía en una suerte de pacto
secreto y a grandes rasgos conectaba nuestros destinos. Al día siguiente y los
días sucesivos no sólo nadie hablaba de ello, además había como un nerviosismo
latente que llevaba a mis camaradas a esquivar el contacto visual y evitar las
chácharas que en otro tiempo nos ayudaban a soportar aquellas sesiones
insufribles en las que la burocracia se consagra a la burocracia.
A diferencia de mis colegas, el estupor que
yo sorprendía haciéndome temblar las piernas o secando mi garganta varias veces
cada día no provenía del temor a un escándalo que pudiera hacerme perder el
trabajo, sino que, como pude constatar cuando revisé el video que me envió un
chaval de Agrupación Nacional, lo que sentía no era otra cosa que el viejo
sabor de la emoción. Luego de tantos años habitando los sinsabores del
nihilismo sin otro aliciente que la decadencia de las bacanales flamencas, de
pronto organizar encuentros para que un puñado de eurodiputados se rompa la
cara en un sótano al que la gente va a contraer clamidia bien parece una razón
para sonreír. Y es que no era sólo ver a dos politicuchos amanerados volverse
salvajes por un momento, otro aliciente consistía en hallar en su violencia una
metáfora de los pueblos de Europa y sus muchas y cruentas batallas. Cada vez
que veía el vídeo de la pelea entre el italiano y el holandés veía más claro
que su pelea era la de dos formas de entender Europa, de sentir Europa. De ser
Europa. No es casualidad que el italiano sea orondo y bajito, colérico y
franco, o que el holandés se haya dejado dominar más por el rencor que por el
orgullo, y le haya hecho tan feliz desfigurar al italiano, así hubiese perdido
la pelea, como al italiano demostrar que es más fuerte que él pese a la
diferencia de altura.
Me propuse organizar otro encuentro. Dentro
de mí sentía que lo único que necesitaban mis camaradas para darse cuenta de lo
divertido que sería tener un “club de la lucha” de eurodiputados era saborear
otra dosis de violencia. No me hubiera importado pelear yo mismo si tan solo
fuera capaz de odiar, pero, por desgracia, el conservadurismo llegó a mi vida
cuando ya no había ningún alma que preservar. De esto hablaré otro día, por
ahora me centraré en la historia de cómo conseguí que un neo-liberal
veinteañero se partiera la cara con un portugués que se consideraba a sí mismo
la última esperanza del sindicalismo obrero.
Básicamente, la nueva camada de
eurodiputados provenía de los dos polos opuestos de “la nueva derecha europea”.
Por un lado, los neoliberales europeístas de España y Francia, que aglutinaban
el voto de los progresistas que habían perdido la fe en las veleidades de la
izquierda y la gente de clase media alta que empezaba a temer por sus
propiedades, y por el otro, los conservadores nacionalistas de Portugal, que
empezaban a hacerse con un nicho creciente entre los trabajadores de mediana
edad, a los que la izquierda despreciaba por su escasa formación y esquilmaba
para mantener sus muchos chiringuitos. Vi muy claro que mis próximos
gladiadores emergerían de los enfrentamientos entre éstos, pero no sería tan
fácil, puesto que las oportunidades para confrontar ideologías verdaderamente
se dan como muchos tres o cuatro veces al año, el resto del tiempo discutimos
normativas referentes a la altura de los zócalos en los edificios oficiales o
la competencia de las administraciones para aplicar impuestos a la cría de
abejas, cosas así.
Me pareció que sería buena idea forzar yo
mismo esta confrontación y dejé que mi instinto me guiara, preseleccionando a
ciertos candidatos de uno y otro bando, a los que me acerqué como si fuera nada
más que un colega amigable, dándoles la bienvenida y aprovechando para
conversar con ellos sobre ciertos temas que uno no esperaría que resultaran tan
polémicos entre compañeros de facción como son la inmigración, los derechos
laborales o los impuestos a la renta. Tal y como supuse, no fueron muchos los
que dejaron traslucir algún tipo de convicción en sus opiniones, la mayoría no
eran más que funcionarios con el discurso bien aprendido a los que les
importaba menos incidir en la vida de sus votantes que asegurarse de gastar
hasta el último céntimo de sus jugosos viáticos.
Pese a todo, un español y dos portugueses
resultaron ser candidatos más que prometedores. Albéric Martinberg es un
español de veinticinco años que podría perfectamente tener dieciséis dada la dramática
ausencia de otros caracteres masculinos además de los hombros anchos y la
mandíbula cuadrada. El resto de su ser parecía dominado por la dinámica de la
ausencia: ausencia de vello facial, ausencia de maldad y ausencia de calle. Su
lugar en política se debía a cierta popularidad en los acotados círculos
académicos que todavía se asocian abiertamente a la derecha, no sin excusarse
continuamente, aclarándole a todo el que pase delante de ellos que son
“progresistas en lo social”. A fuerza de publicar sesudos artículos cada semana
en los distintos medios que este movimiento universitario, neoliberal antes que
derechista, tenía diseminado por toda Hispanoamérica, el muchacho había
conseguido un prestigio cimentado menos en la meticulosidad de su trabajo que
en la pereza de un grueso de lectores cuya única personalidad consistía en
compartir en sus redes sociales los videos de un desaseado economista argentino
que se dedica a insultar a feministas en la tele. Sus dos posibles
antagonistas, por otro lado, serían dos agricultores portugueses, con las manos
callosas de haber arado la tierra hasta anteayer y la formación suficiente para
no comprarle tonterías a nadie.
Primero fomenté un enfrentamiento
dialéctico en Twitter citando a los parlamentarios portugueses en cada uno de
los artículos que compartía el muchacho. He de decir que las cuentas de los dos
estaban manejadas por empleados que hicieron oídos sordos a la mayoría de mis
provocaciones, pero viendo que uno de ellos, el más mayor, Alberto Silva, que
era también el más irascible y el más fornido, utilizaba a veces su cuenta y
poco a poco iba cayendo en la treta, respondiendo de vez en cuando, primero con
ironía desenfadada y luego con insultos moderados, opté por meter cizaña en
persona, fingiéndome aliado suyo de la causa obrerista. Le dije que era una
óptica que me interesaba, apelar a la experiencia del trabajador medio, que ve
como sus ingresos disminuyen debido a impuestos que luego se usan para
subvencionar empresas millonarias asociadas a la ecología o el entretenimiento
y no para la sanidad o la educación. Me contó de su experiencia personal y de
cómo se metió en política precisamente cuando descubrió que los líderes del
movimiento obrero no eran más que propagandistas al servicio del partido
socialista, los cuales, por otro lado, no le parecían otra cosa que gestores
neoliberales cuyo servicio a las élites consiste en mantener entretenida a la
gente con el circo de las causas interseccionales y algunas limosnas cuando
sobra el pan. Era el típico caso de obrero maoísta vuelto a la derecha más
conservadora como una reacción a los disparates de los progres, bendita sea la
convicción del converso. Para este tipo de conservador los neoliberales
amanerados de buena familia como Albéric son la quintaesencia de la perversión.
Se reunirían encantados con Fidel Castro pero a Milton Friedman le clavarían un
tenedor en un ojo.
Así pues, durante días me dediqué a sembrar
animadversión contra el español afrancesado, señalándolo como paradigma de la
nueva camada de tecnócratas que traería hambre a la clase trabajadora mientras
subvencionaba la inmigración ilegal y cualquier forma de degeneración porque
era más barato y daba más votos que reforzar la sanidad o facilitarle al
trabajador el acceso a la vivienda. Mi cizaña no tardó en dar frutos cuando el
portugués aprovechó una intervención del muchacho para confrontarlo
directamente. Aquel día estábamos tratando una petición del partido comunista
danés, que exigía una enmienda al artículo 79 del tratado de funcionamiento de
la Unión Europea, concretamente, en el apartado primero, donde se establece que
“la unión desarrollará una política común en la prevención de la inmigración
ilegal y de la trata de seres humanos”. Los estalinistas, representados por una
mujer de pelo verde con ascendencia aristocrática, pedían que se cambie la
frase “inmigración ilegal” por la frase “migración no-normativa”. Los
europarlamentarios adoran este tipo de debates absurdos porque les permite
grabarse hablando de lo que les dé la gana, generalmente con vehemencia sobre
asuntos locales. Con suerte, saltarán a la palestra de la relevancia si
consiguen que sus vídeos se vuelvan virales. Basta encadenar cuatro o cinco de
estos vídeos para llegar a la televisión y de ahí a encabezar las listas sólo
resta un paso. No es infrecuente ver a más de un vejestorio acabado, engalanado
con su mejor traje, gesticulando a gritos sobre bajar los impuestos o
reconducir la educación en medio de una soporífera mañana en la que el tema del
día es una cierta enmienda a las regulaciones de la importación de carne de res.
El español afrancesado no desaprovechó la
ocasión de exponernos su último trabajo escolar, lleno de frases contundentes y
previsibles, donde analizaba la influencia positiva de la inmigración en la
economía según los preceptos de no sé qué académicos (de esos que escriben
muchos libros pero luego son incapaces de prever las crisis cíclicas que
cualquier ama de casa puede presentir tan pronto nota una subida en el precio
de la compra). Mi nuevo amigo el portugués se dirigió directamente a él y le
acusó de academicista, de rico, de tener las manos más suaves que una hoja de
biblia, de colaborar con la desaparición demográfica, de querer erradicar las
culturas de los pueblos originarios para reemplazarlos por el consumismo
estadounidense, también llamado cultura pop, de ser un siervo de las élites, de
progresista encubierto y de judío apátrida.
Martinberg prefirió no responder a las
acusaciones, el pobre estaba tan verde en esto de la política que debió de
pensar que no valía la pena responder al insulto directo. La torpe voz de su
conciencia le habrá dicho que el ex agricultor portugués “se descalificaba a sí
mismo apelando al ad hominem”. Por desgracia, en política, como en la vida, lo
único que importa es la imagen que dan de nosotros nuestros actos, y hacer
acopio de dignidad para no responder a la afrenta personal, honrando así
nuestra noble institución, lo único que hizo fue dejar al muchacho como una
persona débil, cobarde, pusilánime. Un maricón, con todas las letras. Esto es
como cuando una madre soltera le dice a su hijo que ignore a los que se meten
con él o que basta con ser él mismo para gustar a las chicas: la peor
estrategia posible. Alguien de su partido debió de haberle cantado las cuarenta
por lo que el chico se puso a trabajar y, días después, mientras discutíamos
sobre posibles implementos a la ley que regula los diseños de los monigotes de
los semáforos, aprovechó su intervención para recordarnos que es el empresario
el que crea la riqueza y el que debe ser protegido por las autoridades.
Prácticamente una bofetada al portugués.
Ante la posibilidad de que los ánimos se
terminasen diluyendo en el tedio de los días, opté por precipitar las cosas y
esa misma noche invité a una “reunión informal” a mis dos gladiadores y a
quienes habían demostrado mayor entusiasmo (o, al menos, no habían huido con el
terror aferrado a la cara) a mis insinuaciones de montar otra velada de
violencia. Una meretriz que conozco me comentó que su familia tenía una
cafetería cerrada en el extrarradio que quería alquilar o traspasar, y le pagué
bien para que me dejara usarla por una noche. Me salía mucho más caro que el
sótano del bar sadomasoquista, pero dado que planeaba hacer una encerrona al cachorro
del Ibex, necesitaba un sitio que no inspirara pavor desde el principio. He de
decir que, viendo el local, me dieron ganas de pagar para reabrirlo, era la
perfecta cafetería parisina de barrio injertada en un suburbio de Bruselas. Hacía
esquina junto a una calle peatonal, detrás de la cual era posible entrever el
sol fulgurando sobre el Senna y su terraza diminuta estaba custodiada por un
toldo rojo y azul. Dentro, el suelo era de madera, lo que me pareció más seguro
para mis luchadores. El mostrador macizo y los taburetes y sillas apilados a un
lado y otro del salón de 6x8 metros cuadrados me pareció el escenario ideal
para una pelea que pasase pronto del mero striking
a los sillazos. Quise hacer café pero, por mucho que traté, no conseguí entender
cómo funciona el armatoste que ocupaba un lugar central detrás de la barra.
Salí a comprar granos y una cafetera italiana antes de que llegasen mis
invitados. De paso me crucé con una hamburguesería y compré unos treinta
bocatas para todos.
Al final vinieron todos mis invitados y
mucha más gente que ni siquiera conocía. Los últimos en llegar fueron Albéric y
Silva, ya con el local medio abarrotado, con gente charlando en la terraza,
bebiendo café hirviendo en vasos de plástico baratos. En cierto modo fue lo
mejor, dudo que Martinberg hubiera entrado a un salón vacío con los cristales
tintados en un suburbio que, pese a ser bastante seguro, no dejaba de parecer
una ciudad desierta al atardecer. El que mis púgiles llegasen juntos, evitando
mirarse, resultó una inauguración perfecta para los asistentes y auguraba una
noche memorable para mí. Ahora sólo debía convencerles de pelear. Tan pronto
los vi entrar, uno detrás de otro, cabizbajo el joven y henchido el viejo, salí
a recibirlos como un aplicado maestro de ceremonias y los conduje hasta la
cocina para explicarles lo que iba a pasar, escoltado por treinta pares de ojos
a los que hice un guiño volteándome un momento mientras la puerta se cerraba.
En el fondo no sabía muy bien qué decirles,
sin embargo, al verlos cruzar aquella puerta y tomarme un instante para
respirar el clima de tensión y entusiasmo que enrarecía aquel salón cerrado,
lleno de humo pese a la política anti tabaco que yo mismo secundé pensando que
me ayudaría a dejar de fumar, sentí de pronto que remaba con el viento a favor.
Me dejé aupar por la inercia y les dije sin mayores ambages que todos nos
habíamos reunido para verles pelear y que tenían todo el bar a su disposición,
con la única regla de no usar objetos punzantes o cortantes.
El viejo se rio y encendió un cigarrillo
mientras que Albéric ensayaba sonrisas irónicas para esconder su nerviosismo.
En vano buscó éste algún tipo de complicidad en la risa del portugués, la cual,
lejos de negar, se resignaba y se hacía a la idea sin mayor reticencia que una
repentina curiosidad. El portugués daba por hecho que los círculos elitistas de
la política tendrían esta clase de rituales atroces, si bien, él se esperaba
orgías suntuosas entre masones y banqueros. En el fondo se sentía un extranjero
entre tanto privilegiado hijo de privilegiados, y esto, lejos de suponer un
orgullo para él, le preocupaba en la medida en que no se sentía capaz de
diferenciar la frontera sutil entre usar su porción de poder para cumplir con
su misión o dejarse usar por el poder. Intuía que una gigantesca partida de
ajedrez se estaba jugando a sus espaldas y que cada acto mecánico, cada
votación ridícula, cada concesión a los bloques afines en asuntos que no
importaban a nadie, de algún modo formaban parte de una jugada, imperceptible
para él, que contribuiría tarde o temprano al objetivo de las élites de joder a
la clase obrera. Decidido a reclamar su porción de poder, resignado a hundirse
hasta el fondo con tal de conocer como nadie al enemigo, arrojó el cigarrillo,
se quitó el saco y procedió a aflojarse la corbata. “Está bien, hagámoslo”.
Martinberg, por su parte, horrorizado,
pareció comprender por primera vez que la violencia impone una serie de
inercias irreductibles a la razón e incluso a la mera coherencia. Haciendo acopio
de rabia, nos miró con esforzada gravedad y exclamó con contundencia que no
quería tener nada que ver con nuestra locura. Toda su compostura se tambaleó,
sin embargo, tan pronto cruzó la puerta de la cocina y se encontró a una
barrera humana que exigía espectáculo. Con la mirada en el suelo y los puños
apretados, pensó en abrirse paso entre la pared de cuerpos, pero no llegó
siquiera a acercarse antes de que le asestaran el primer empujón. Todavía
incrédulo, trató de pasar por un lado y luego otro de la muchedumbre, siendo
rechazado violentamente una y otra vez por aquella masa impersonal que pesaba
varias toneladas y bloqueaba completamente la salida.
En ese momento, el joven judío vio la cara
de Dios y perdió toda esperanza. Todas sus convicciones sobre la realidad y el
mundo se basaban en unos axiomas sencillos: “la gente quiere ser feliz”, “para
ser feliz, hacen falta ropa, comida, techo y seguridad”, “la mejor manera de
proporcionar estas cosas es mediante la división del trabajo, la meritocracia
como incentivo y la propiedad privada”. Pero, ¿y si, como estaba empezando a
vislumbrar, la gente no quiere felicidad ni para sí ni para sus iguales, sino
solo la satisfacción inmediata de sus necesidades, las cuales, según ascendemos
en la escala de Maslow, se van haciendo cada vez más viscerales y más
perversas? ¿Y si no hay negociación posible entre iguales sino solo una
dinámica de la imposición disimulada por el teatro de la democracia? De pronto,
la posibilidad de que el individuo no fuera un ente racional y libre, capaz de
transformar el mundo motivado por su ambición, sino un apéndice añadido a la
ecuación materialista de Marx, se volvía más que plausible, dado que los más
distinguidos miembros de la sociedad, sus dirigentes electos, no eran más que
este puñado de lunáticos dispuestos a todo con tal de entretenerse, amparados
en un poder que les ha sido dado por herencia y no por merecimiento.
Yo por mi parte estuve a punto de sentir
compasión viendo al pobre muchacho incorporándose una y otra vez, tratando de
escapar a toda costa, preso del pánico. No sabría precisar quién le dio el
primer puñetazo, a fin de cuentas, el ejército de torsos que le cerraba el paso
no dejaba de moverse, pero haber anticipado la violencia y que ésta, de pronto,
les sea negada, empezó a azuzar a sus excelentísimas allí presentes, excitados
ya del todo por el olor de la sangre, y esa voracidad (que bien supe predecir)
terminó convenciéndoles de que debían obtener lo que querían de una forma o de
otra. El muro de carne se convirtió en un cardumen de brazos y piernas que se
contorsionó hacia el muchacho tan pronto éste volvió a acercarse y una ristra
de extremidades anónimas impactó en un instante, sin orden alguno, sobre su
cuerpo delgado, empujándolo hacia atrás. Este nuevo método, ciertamente,
resultó bastante efectivo. Bastó que apalizaran al muchacho solo un momento
para que se volviera, abatido, dejándose conducir por el mareo hasta la barra, a
la que se acodó resignado mientras acariciaba su cara ensangrentada, insensible
aún luego de varios golpes oportunistas que impactaron de lleno en la quijada y
las dos mejillas.
Estuve a punto, como decía, de sentir
compasión. El sentimentalismo que en otro tiempo guio mi vida hasta el abismo,
me obligó a empatizar con el crío por un instante. Me lo imaginé leyendo a los
economistas y filósofos de la escuela de Austria, haciendo pausas para meditar
severamente sobre lo que había leído y cómo le podría servir para remediar los
problemas económicos del estado-nación que él querría disolver en pos de un
ideal más grande y sofisticado. Le imaginé una madre sobreprotectora siempre
atenta a alimentarlo, guiarlo, exprimirlo… seguramente una académica frustrada
que se dio cuenta muy tarde que optar por la maternidad sólo le haría feliz por
un tiempo, que incorporó los logros del nene a su vanidad para proteger su ego
cuando el matrimonio terminó de apagar las llamas del deseo y,
consecuentemente, de cualquier tipo de interés por parte del esposo y la edad,
añadiendo una leve capa de flacidez sobre determinados pliegues de la piel,
como el signo apenas perceptible de una maldición, la volvió invisible a los
ojos de los jóvenes que hasta anteayer aprovechaban cualquier ocasión para
mirarle bien el culo o acercarse a decirle cualquier cosa, temblando ante una
venus anadiomena que casualmente se veía y vestía como las “milf” que buscaban
en pornhub. Le imaginé también una novia mona, la típica pijilla de veintipocos
con más sensatez que hambre de aventuras, que supo hallar en el joven de
hombros anchos un compañero fiel y cariñoso para un proyecto vital que
dependería tanto del éxito político y académico de él como de sus esfuerzos por
estar buena y el engrosamiento paulatino del típico currículum de humanidades
(licenciatura en sociología, máster en políticas de integración, máster en
economía política, grado en estrategias de intermediación internacional, ya
sabéis, todas esas chorradas…) que sólo te habilita para servir hamburguesas en
el McDonalds si no tienes los contactos adecuados, contactos que él le
brindaría. Le imaginé un padre fuerte y exitoso, el típico alfa sin dotes para
el sentimentalismo o la introspección, que apenas conoce los bordes de la
sensibilidad gracias a la frustración pasajera que le produce el rechazo de una
mujer o la nostalgia por algunos muertos muy de tarde en tarde, orgulloso y
sorprendido de ver triunfar tan joven al hijo que se forzó a querer pese a que
éste traslucía todas aquellas características que siempre despreció en otros
hombres, mientras se consolaba diciendo que tener un hijo maricón en estos
tiempos ya no era una tragedia.
Pero no, después de tantos años aquí, a la
hora de la verdad no puedo sentir compasión por un político, menos aún si es el
típico “cuchara de plata”, como dicen los ingleses. Por eso me complació tanto
la mirada resignada que el joven dirigió hacia mí luego de rumiar su
frustración por un momento. Convencido al fin de que no tenía otra salida,
contempló al portugués a mi lado que, sin camisa, avanzaba hacia él con andares
de gorila. Para asegurarme de tener un espectáculo más o menos digno, lo que me
parecía cada vez más improbable según comparaba la diferencia de envergadura
entre ambos, pese a que el chico era un poco más alto, me levanté y les pedí
que se colocaran a un lado y otro de la sala antes de empezar la pelea y les
recité una serie de normas que ideé luego de toda la sangre que se derramó la
primera vez, aunque, en el fondo, esperaba que al final terminaran ignorando
alguna de estas normas. Nada extraordinario: prohibido morder, prohibido
pincharse los ojos, prohibido castigar los genitales y prohibido escupir. “Ah,
y una cosa más –les dije justo antes de empezar-, si alguno de ustedes decide
que ha tenido suficiente cuando aún está en condiciones de pelear, lo único que
conseguirá es que todos los demás nos abalancemos sobre él y le peguemos la
paliza de su vida, aquí la pelea se acaba cuando yo lo diga”.
¿Ready?, ¡Fight! (perdón, ¿se nota que me
gusta la UFC?). Lo primero que vimos fue a los contendientes moviéndose en
círculos, estudiándose. Cuando coincidían frente a mis ojos, la espalda morada
del portugués rojizo, a ratos, ocultaba completamente al efebo de pecho hundido
y rizos repeinados que levantaba los puños con dificultad. La defensa del
chico, que sostenía ambos brazos en paralelo lo más lejos posible del rostro,
demostrando la poca idea que tenía de cualquier tipo de disciplina de combate
cuerpo a cuerpo, se mostró muy endeble cuando el primer puñetazo del portugués
se abrió paso entre sus puñitos, impactando con tanta fuerza que hizo temblar
los pliegues de grasa que el ex agricultor tenía en torno al pecho y en la
barriga incipiente, pese a lo cual, no fue suficiente para tumbar al
jovenzuelo, que no perdió un ápice de su centro de gravedad. El portugués
recuperó su posición y volvió a golpear de lleno a la cara del muchacho, esta
vez con la izquierda, inclinando todo el peso de su cuerpo en torno al puño. Nuevamente,
el chico, inconmovible, aceptaba los golpes dejando que su cuello elástico
absorbiera la fuerza del impacto como uno de esos muñecos que mueven la cabeza
en el salpicadero del coche.
No había decidido si lo que tenía delante
era una suerte de estrategia viendo la luz sobre la marcha, conforme el joven
iba descubriendo cualidades para la violencia (esa capacidad de soportar el
castigo sería una y de las más estimables, además), o bien, un ejemplo peculiar
de absoluta indefensión, cuando el muchacho reaccionó de pronto y, estirando el
brazo derecho, con un sutil movimiento de torso hizo que su puño trazara una
amplia elipsis hasta la cara del portugués, que tuvo la pericia de esquivar
aquel primer sopapo agachándose, pero no el segundo, ni el tercero, ni el
cuarto, ni el quinto golpe, los cuales consiguió el muchacho propinarle en
cuestión de un segundo, de la forma más ridícula, todo hay que decirlo. El
obrerista se tambaleó un poco y empezó a sangrar por el oído izquierdo, cabe
suponer que aquellos golpes que dieron de lleno en algún lugar entre el maxilar
y la oreja fueron capaces de hacerle daño al tímpano y afectar su oído interno
y, por tanto, su equilibrio, puesto que el contraataque de éste, más o menos
vacilante, empezó con dos golpes al aire y culminó cuando éste se abalanzó
sobre el chico, tratando de llevar las acciones a la tierra, donde solo su peso
bastaría para sofocar al discípulo de Hayek. El chico no pudo evitar caer, pero
actuó rápido y consiguió escapar al acecho de aquel cachalote entorpecido
gracias a que el sudor le ayudó a deslizarse.
Una vez se incorporaron ambos, la pelea
cambió a una fase donde el portugués, convertido en un lisiado voluminoso que
debía perseguir a su presa inclinado hacia delante como una especie de
tiranosaurio, pues de otro modo perdería el equilibrio irremediablemente, se
dedicaría a corretear detrás del joven, erráticamente, jadeando, buscando
acortar distancias mientras que el chaval debía esforzarse por alejarlo lo más
posible si no quería que volvieran a aplastarle las costillas. Fue en este
momento que el joven descubrió la utilidad de sus piernas y consiguió hacer
retroceder a su adversario propinándole sendas patadas a su quijada, muy
expuesta debido a su postura, hasta en cuatro ocasiones. Casi parecía que había
conseguido dominarlo cuando el portugués, en una de esas, esquivó el impacto y,
sujetándole el pie, se lanzó hacia adelante con el objetivo de tumbar al chico
y caer sobre él. Por desgracia, su limitado rango de visión, debido a la
posición que su lesión en el oído le obligó a adoptar, le impidió ver que acababa
de arrojar al muchacho contra el ventanal cubierto de periódicos de la pared.
El chico atravesó el cristal y cayó en la acera, mientras que el conservador
rojizo se estampó la cabeza contra la pared.
Azorado por la seguridad de mis gladiadores
que, estaba seguro, todavía tenían mucho para darnos, corrí con la mitad del
público afuera para ver si el chaval estaba bien, sólo para verlo desaparecer en
el horizonte, sin rumbo fijo. Más prácticos que cobardes, mis invitados
procedieron a desaparecer y yo llamé a mi chofer para que me ayudara a llevar
al portugués al hospital. Nada grave he de decir, unas cuantas suturas y como
nuevo. Tengo entendido que el joven Martinberg renunció a la semana siguiente,
no he vuelto a verlo. Me suena que lo enchufaron de asesor o algo así en la
comunidad de Madrid, su prestigio académico le habilita para desempeñar una
larga lista de cargos inútiles que abundan en España. Respecto a mi iniciativa,
goza de mejor salud que nunca. La polarización ideológica que terminará
llevando a Europa más pronto que tarde a vivir algún conato de guerra civil le
viene como anillo al dedo a mi proyecto. Prácticamente tenemos pelea cada
semana y muchos de mis muchachos ya se han apuntado a clases de MMA para dar la
talla cuando se presente la ocasión de guerrear. Se me ha sugerido que deje
pelear a gente de los bloques de izquierdas o a mujeres, pero tanto unas como
otros tienen la peculiaridad de acabar arruinándolo todo. No. Mientras yo
dirija este rollo, ni progres ni mujeres. Ya sólo faltaba que les abriera las
puertas de mi paraíso a los mayores coñazos de la creación.
Por ahora, podría decirse que soy feliz. Sólo vivo con miedo al día en el que una pelea no me proporcione la emoción de siempre, ese será el principio del fin y me veré obligado a buscar alguna otra barbaridad con la que distraerme.
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